jueves, 24 de marzo de 2011

En 1976, mientras llevaba a Maxi en mi vientre, Velaztiqui aprendía a matar

Silvia Irigaray señala la placa de su hijo Maxi en la puerta
de la biblioteca de la Escuela Larroque, del barrio porteño
de Floresta. Las otras placas son de Cristian Gómez
y Adrián Matassa. Observa Walter Waisman, director
de Derechos Humanos porteño.

Por Silvia Irigaray, mamá de Maxi Tasca*
silvia_irigaray@hotmail.com
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El 24 de marzo de 1976, mientras en mi vientre llevaba a Maxi, el asesino que acabaría con la vida de mi hijo 25 años después, aprendía a matar. Es prácticamente imposible hacerse la idea de que una experiencia tan íntima, mi segundo embarazo, dos décadas y media después quedara trágicamente ligada a una circunstancia de dimensiones políticas, históricas y sociales tan amplias -terribles- como un Golpe de Estado. Pero es así. Porque Juan de Dios Velaztiqui fue evidentemente un muy buen alumno de la escuela de la represión ilegal, que practicaron él y otros miembros desviados de la Policía Federal y las demás fuerzas de seguridad. En la foto pueden verme con Walter Waisman -director de Derechos Humanos porteño-, durante el acto por la Memoria que compartimos ayer en la Escuela Media Alberto Larroque, de mi barrio, Floresta, en la Ciudad de Buenos Aires. La imagen muestra el momento justo en que señalo la placa que lleva el nombre de mi hijo, en la puerta de la biblioteca del colegio. Las otras dos placas están dedicadas a las otras víctimas fatales de la masacre de Floresta, Cristian Gómez y Adrián Matassa. A continuación encontrarán una cobertura periodística extensa pero muy informativa.
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FUENTE: Lafogata.org
FECHA: 29 de diciembre de 2002
TÍTULO: A un año del fusilamiento de Gallego, Maxi y Adrián
DESARROLLO: Si el 20 de diciembre puso fin al repliegue popular, arrastrado desde la dictadura, la sublevación de Floresta marcó el paso al ataque y delineó los rasgos de una nueva ofensiva en la dinámica de la lucha de clases en la Argentina. Luego de la masacre, este pueblo convirtió el dolor en vida y el abatimiento en pelea. Justamente, de la riqueza inmensa que reconoce esta epopeya, de los cambios que generó en la comunidad, de los obstáculos que vencieron los protagonistas, de cómo y por qué lo hicieron dan cuenta estas páginas
Bajo un diluvio extraordinario miles de luchadores marcharon en Floresta por justicia, al cumplirse un año del fusilamiento de Maxi, Gallego y Adrián, el pasado 29 de diciembre. Así, piqueteros del Movimiento Territorial Liberación y el Polo Obrero, asambleístas de innumerables barrios de Capital y el Conurbano y militantes de partidos de izquierda y la Federación Juvenil Comunista, entre muchos otros, se unieron a familiares, vecinos y a la infaltable hinchada de All Boys. Entre los presentes se hallaban los legisladores Vilma Ripoll y Patricio Echegaray de Izquierda Unida, Luis Zamora de Autodeterminación y Libertad, Jorge Altamira del Partido Obrero, Beatriz Baltroc de la Alianza para una República de Iguales y el defensor del Pueblo Gustavo Lesgueberis.
Al grito de "si no hay justicia, se va a pudrir", la multitud dejó en claro que no aceptará otra condena que no sea la prisión perpetua. Como se sabe, la carátula de la causa califica "homicidio simple" a lo que fue un triple crimen con alevosía. Tampoco los familiares aceptarán más dilaciones en el inicio del juicio oral y público -nuevamente fue relegado hasta marzo- contra el policía asesino Juan de Dios Velaztiqui.
Ni error, ni exceso, la represión policial es una herramienta indispensable del sistema capitalista. Mediante su despliegue intenta someter a los pueblos, disciplinar a los jóvenes rebeldes, aterrorizar a toda la sociedad para imponer el despojo sin resistencia. No hacen falta órdenes escritas, es una política de Estado que impulsan quienes gobiernan. Se llamen Duhalde o Ibarra, Alvarez o De la Rúa, Menem o Rodríguez Saá. Precisamente este puntano de sonrisa y mentiras amplias era el primer mandatario cuando fusilaron a los pibes.
En esta última marcha, fue conmovedor ver a Elvira, Silvia y Angélica saltar y gritar bajo la lluvia. Por momentos, mezclaron las risas con las lágrimas, la indignación con los abrazos y el temblor con la furia. Es decir, los profundos sentimientos que las han convertido en tres madres bravas clamando justicia por las calles del barrio, para que el mundo entero las escuche. Que así sea.

VIVEN EN NOSOTROS
A lo largo de toda su historia, ningún hecho marcó la identidad de Floresta tanto como la respuesta que su pueblo prodigara ante el fusilamiento de Adrián Matassa, Maximiliano Tasca y Cristian Gallego Gómez en el corazón del barrio, donde miles de vecinos comparten la sed y el hambre de justicia junto a la rabia que retuerce sus entrañas. De ese modo, esta lucha provocó cambios entre una buena parte de la comunidad, modificó la visión que cada quien tenía de sí mismo y de los otros, transformó formas de la relación con el poder y lanzó al protagonismo callejero a hombres y mujeres que ahora viven, batallan y sueñan con otros horizontes y otros desafíos.
Entre las antiguas jactancias del barrio se halla el haber sido, en el siglo 19, un suburbio señorial con un paraje que servía de descanso a los viajeros provenientes del centro. Justamente, en ese viejo bar La Floresta, ubicado junto a la estación, pronunciaron sus discursos Mitre, Sarmiento y Alsina al paso del primer tren. Ya a principios del siglo 20, el club All Boys se convertiría en una de sus pasiones distintivas. En la actualidad, sin la cantidad de boliches bailables, shoppings o prostitutas que ofrece la vecina Flores, con casas bajas, árboles y vecinos de mate en la vereda, los sobresaltos derivaban hasta hace poco más de un año atrás -en general- de la crisis económica, las derrotas del "Albo"y el tránsito que hormiguea por Juan B. Justo, Gaona o Segurola.

"El TROTADOR"
Precisamente, esas arterias -entre otras- son el punto de encuentro de los vecinos a partir de que el policía federal Juan de Dios Velaztiqui, retirado pero en funciones con la chapa 4313 y chaleco antibala de la fuerza, perpetrara la masacre el 29 de diciembre de 2001 en el bar de la estación de servicio de Gaona y Bahía Blanca.
Aunque ninguno de los pibes era militante, cuando vieron por televisión la paliza que recibía un policía en la Plaza de Mayo en el contexto de los sucesivos cacerolazos que cuestionaron el hambre, la miseria, las balas y el forreo, se expresaron sobre la realidad de su país: "Brindo por eso", dijo Maxi. Seguramente, ellos recordaron que tan sólo unos pocos días atrás 35 personas habían caído asesinadas en distintos puntos del país, siete de ellas en las cercanías de la Plaza de Mayo a manos de la misma policía que acabaría con sus vidas.
El sargento Velaztiqui los fusiló. Los sancionó con la pena de muerte por una opinión esencialmente política. El crimen tiene elementos que establecen una clara continuidad con el accionar de la dictadura militar. Velaztiqui fue un entusiasta represor y ganó la tapa de los diarios en 1981, cuando arrestó a 50 hinchas de Nueva Chicago por cantar la marcha peronista en la cancha y los hizo trotar varias cuadras hasta la comisaría. Días más tarde, la hinchada del Torito de Mataderos formó correcta frente a la delegación policial y entonó el Arroz con leche para ridiculizar al Trotador. También, según diversas fuentes, llegó a ser custodio de Videla y otros genocidas. Con ese pasado, Velaztiqui reprodujo en Floresta parte de la metodología del Estado terrorista en la cual era experto. Así, eliminó mediante la ejecución sumaria a quienes manifestaron su disenso político, al tiempo que pretendió armar un escenario de "enfrentamiento"y tejer una trama de impunidad que la movilización popular pulverizó.

LA RESPUESTA
Vertiginosamente, ese 29 de diciembre, Floresta pasó a ser un escenario esencial de la dinámica de la lucha de clases en la Argentina. A la madrugada Velaztiqui masacró a los pibes, al mediodía sus familias fueron gaseadas, apaleadas y baleadas con proyectiles de goma cuando se movilizaron hacia la comisaría 43° y, esa misma noche, decenas de sus amigos fueron detenidos en pleno velorio porque habían cortado la avenida Juan B. Justo. Cientos de uniformados, tropas especiales, montada, infantería, perros y helicópteros fueron enviados para reprimir a quienes reclamaban por sus hijos muertos. Sin embargo, frente a esa ferocidad comenzó a gestarse una respuesta que desplegaría en el espacio público su energía fundamental. A puro huevo y piedrazos contra la "cuatro tres", que quedó maltrecha, se desarrolló lo que sus protagonistas llaman "La batalla de Floresta"o el "Levantamiento del 29" que redefinió la identidad del barrio.
Ese mismo día, surgió también un arma contundente de los vecinos: la marcha, que masivamente subvirtió el territorio barrial en sus casi veinte ediciones. Los protagonistas se apoderan de las calles y éstas dejan de ser vías de circulación ágil para convertirse en el lugar donde viven experiencias que los unen de un modo inédito. Parten de Gaona y Bahía Blanca, siguen hasta Segurola, doblan por Juan B. Justo hasta Concordia, y de ahí continúan por Gaona para llegar nuevamente a la esquina de arranque. El padre de Maxi, Omar Tasca, encabeza -con megáfono o sin él- la movilización y realiza todo el recorrido de espaldas y brincando. Junto a él, los otros familiares y la hinchada de All Boys contagian el ritmo a los miles de asistentes. La verdad de sus cuerpos saltando y exigiendo justicia permite construir un sentido vivo y solidario frente a las muertes. A su vez, lejos de quejarse, aquellos vecinos que permanecen en la puerta de sus casas o en los balcones aplauden con respeto el paso de la marcha.
En la movilización, a simple vista, se advierte la creación de nuevos vínculos entre los habitantes de la comunidad. No era frecuente ver a vecinas de clase media marchar con sus perros junto a la hinchada del "Albo" insultando al unísono a la policía. Tampoco se escuchaba con asiduidad entonar con orgullo: "soy Floresta/ Floresta yo soy" a cristianos, judíos, árabes, ateos e integrantes de la comunidad gitana -llenando Juan B. Justo de bote a bote-, en una singular diversidad que convoca a rabinos, curas, imanes, sheiks, jefes de tribus, artistas marciales con sus cinturones y uniformes y diputados de izquierda.
También la organización de las marchas refleja fielmente la nueva relación de poder. Durante cada una de las movilizaciones la policía debe permanecer prudentemente alejada, claro que por su propio resguardo, en un solitario patrullero. Es decir, la seguridad es autogestionada entre los propios vecinos con la colaboración de los motoqueros del Sindicato de Mensajeros y Cadetes de la Argentina (Simeca) que van cortando, una a una, las bocacalles con sus vehículos.
Por otra parte, así como en Catamarca las marchas por María Soledad fueron silenciosas, así como en Jujuy son festivas por la influencia aborigen y en la Corrientes del Aguante fueron ceremoniosas y patrióticas -por la altísima composición docente-, en Floresta adquieren una impronta futbolera. Una simple observación recoge miles de camisetas de All Boys, y visualiza a quienes las visten saltando igual que en la tribuna. En Floresta se marcha saltando, sí o sí, alentando, porque "el que no salta es un botón".
Es habitual ver cómo Omar Tasca choca su pecho contra el pecho de los amigos de los pibes asesinados, literalmente en el aire, celebrando el golazo de la masiva concurrencia o la original creación de un cántico. Es usual que muchos pibes en pleno salto se hagan el saludo de "todo bien" con el pulgar y el índice en V sobre el mentón y luego eleven ese saludo al cielo, para que llegue a Maxi, Gallego y Adrián. Luego, la marcha continúa con el ímpetu de los murgueros de Los pecosos de Floresta y Malayunta, quienes -por si hiciera falta-, realzan el colorido con derroche de arte y fervor. El Himno Nacional marca el cierre de la marcha y la despedida hasta la próxima.

CONSIGNAS
Por su lado, en las consignas - expresión del ánimo, las conciencias y los anhelos- se produjo un interesante recorrido. Desde "Velaztiqui, Velaztiqui/ la puta que te parió/ vos mataste a los pibes/ no hay olvido ni perdón", se avanzó a desafiar a toda la comisaría: "adónde está/ que no se ve/ esa famosa cuatro tres". Y de ahí a señalar al conjunto de la fuerza: "Atención/ atención/ no es un policía/ es toda la institución". O la clásica: "Coronel, coronel, coronel/, Coronel la concha de su madre/ por las calles de Floresta, no se puede caminar/ porque está la Policía Federal". Luego, la totalidad de las fuerzas represivas estuvieron en cuestión: "Baila, la hinchada baila/ baila de corazón/ sin policías, sin militares/ vamo' a vivir mejor". Y también fue atacada la política de impunidad y comparada con la de los maestros de la represión: "Como a los nazis les va a pasar/ adonde vayan los iremos a buscar".
La lucha de Floresta reunió masivamente al barrio, pero uno de sus logros esenciales es que allí concurren, sistemáticamente, familiares de víctimas de la violencia estatal desde una multitud de lugares de la Capital y el Gran Buenos Aires. De ese modo, las familias, amigos y compañeros de Kosteki y Santillán, Ezequiel Demonthy, Franco, Mariano Vázquez, Natalia, Brú, Sugus y Sebastián Bordón, entre varias decenas, encuentran un hogar en Gaona y Bahía Blanca. Es por ello que, con furia, allí se entona "Gatillo fácil/ la puta que te parió". En varios momentos la marcha se detiene y se realiza un minuto de silencio hasta que Tasca grita: ¡Maxi!, ¡Cristian!, ¡Adrián!, y la multitud ruge: ¡Presente! En cada movilización se fueron agregando los gritos que nombran a otros pibes asesinados, y son tantos que en las últimas marchas Tasca vocifera: "¡Víctimas del gatillo fácil¡" y el ¡Presente!, remite a todos. A lo que sigue una referencia respecto de quiénes son los que están en el combate: ¡Pueblo!, desafía Tasca, y entonces el ¡Presente! estremece hasta las piedras.
Entre sus conquistas, Floresta nucleó a asambleístas y piqueteros, a la vez que catapultó a las calles y con la guardia en alto a vecinos que carecían de experiencia previa en estas lides. Allí, esta franja rebelde advierte a viva voz que no aceptará una condena indulgente. Con letra y música de hinchada hay un emplazamiento a los jueces y al propio asesino: "Velaztiqui botón/ Velaztiqui botón/ si no te dan perpetua/ te mandamo' directo al cajón". La advertencia, por caso, se hizo más nítida en la última marcha: "tomala vos/ damela a mí/ si no hay justicia/ se va a pudrir".

BRINDO POR ESO
Cuando Maxí Tasca observó en televisión que se invertía la tradición, y la gente avanzaba sobre la policía en respuesta a la brutal agresión, convocó a chocar los vasos: "Brindo por eso", dijo. El Gallego y Adrián aceptaron la invitación. El gesto los enaltece. Los pibes no sólo reivindicaron un acto de justicia frente al dolor de 35 asesinados el 19 y 20, sino que también compartieron entre amigos la alegría de ver, una vez, a los humillados y ofendidos de pie. Ese fue el sentido del brindis.
Quizá la frase de Maxi no es hoy muy divulgada porque, equivocadamente, algunos suponen que el "brindo por eso" es un pequeño argumento que se puede utilizar en favor de la respuesta atroz que ejecutó Velaztiqui. Nunca, jamás, ninguna palabra, ningún brindis podrán ser atenuantes de la condena que merece el fascismo asesino de los hijos del pueblo. La frase de Maxi, el brindis de todos, es un ejemplo de dignidad asociada a la celebración que no debe ser silenciada sino, por el contrario, rescatada por todo el valor que conlleva.
Maxi, Gallego y Adrián viven en la furia de quienes se retoban. Viven en la respuesta que desplegó su barrio. Irrumpen cotidianamente en los nuevos lazos que hermanan a los vecinos. Habitan en la rebeldía de sus madres embravecidas. Son coautores de la página descomunal que escribió Floresta y que otros leyeron e hicieron propia para defender la vida. Saltan y gritan con la hinchada cuando se adueña de las calles. Realmente ellos viven en nosotros. Así, con toda convicción cabe alzar las copas y gritarles a voz en cuello ¡Maxi! ¡Gallego! ¡Adrián!: ¡Brindo por eso!

EN EL NOMBRE DEL HIJO
Antonio Juan Bartolomé Ramón Gómez Ibars, oriundo de Barcelona, conocido en Floresta como El Chato, bajó desesperado desde el departamento donde vivía en Juan B. Justo y Bahía Blanca hasta el medio de esa avenida. Allí, sin vacilaciones, se paró delante de un coche que detuvo la marcha.Su hijo Cristian, aún en el vientre de Elvira, pugnaba por nacer y no había tiempo que dilapidar, aquella madrugada de 1976. El Gallego -así llamaría el barrio al niño- nació sano y salvo en el hospital Vélez Sarsfield gracias a la gauchada del automovilista que no dijo ni su nombre. Veinticinco años más tarde, a unos metros de donde Cristian había salvado su vida aun antes de nacer, el policía federal Juan de Dios Velaztiqui le disparó un balazo al estómago y lo remató con otro en la cabeza.
"Que yo aún no me lo puedo creer, que parece que lo tengo a cada momento, cuando voy por la calle y en casa está a mi lado. Me veía por la mañana o por la noche y me decía "hola papirri". Esa sonrisa que tenía, buen hijo, buen hermano, amigo de todo el mundo. Él tocaba el bajo en La Gaucha, un grupo de rock que fundó cuando tenía quince años, y todos lo querían, pregúntale a quien sea", dijo el Chato.
El padre de Cristian se emociona otra vez cuando relata la respuesta del barrio: "Todos nos han apoyado y siempre nos preguntan qué precisamos, 'lo que esté en nuestra manos, toda nuestra ayuda os la vamos a dar', nos dicen todo el tiempo. Y eso es una cosa que uno lo tendrá dentro de su alma. Siempre. Desde que pasó eso, el pueblo de Floresta más que un pueblo parece familia nuestra".

ME ENSEÑÓ LA LIBERTAD
Floresta era un barrio gorilón porque nadie se comprometía con nadie. Casi no nos saludábamos. Viéramos lo que viéramos seguíamos caminando. Pero el 29 de diciembre del año pasado algo cambió de cuajo, y el barrio respondió a la represión de una forma tan tremenda como la brutalidad sufrida. Fue un verdadero levantamiento popular, sin joda", narró Angélica Van Eek de Matassa, madre de Adrián.
Desde aquel diciembre, la vida de Angélica se transformó. Casi no existe marcha a la que no acuda. No hay reivindicación que no la conmueva. "Yo empecé una vida de lucha a pleno, a favor del obrero, la mujer, Cuba, los piqueteros, por los chicos y por todos los que sufren", explicó. El pasado 20 de diciembre marchó a Plaza de Mayo a la cabeza de la columna de Izquierda Unida con sus amigos Vilma Ripoll y Patricio Echegaray. "Vilma me ayudó siempre, si ella no me hubiera fogueado yo jamás hubiera podido decir una palabra ante nadie. También le agradecí durante el acto a Patricio. Ellos se acercaron sin intereses", sostuvo la madre de Adrián.
A la vez, Angélica creo la Asociación de Madres Floresta por Justicia, donde participan Rosa Brú, Mabel Kosteki y Linda Vázquez, entre otras. Allí funcionará un merendero y talleres de joyería, vitraux y cerámica, al tiempo que se darán clases de cocina "para que aprendamos a hacer el pan y a cocinar con nuestras carnes, nuestras verduras y nuestro cereal".
Durante este año, Angélica empezó a escribir una novela y conoció a distintas personalidades que van desde una cartonera aborigen hasta un presidente. "Esa compañera aborigen me dijo que era feliz. También me contó que los indios no aplauden sino que pegan un grito. Y cuando ella gritó se me heló la sangre de emoción. Con Lula conversé cuando visitó la Argentina. Y conocí a muchas madres con mi mismo dolor", contó. Por último, la madre de Adrián relató: "Desde el primer día yo estoy parada, pero hay madres que se tiran en una cama, otras que no creen más en Dios. Vienen deshechas, y con familias deshechas hay que seguirla. Yo de mi hijo aprendí la libertad, y con su asesinato aprendí la lucha, y esa lucha va terminar sólo con mi muerte. Y ni siquiera así, porque ahora se que otros van a seguir".

PARIÓ A UNA LUCHADORA
El día en que Maximiliano Tasca emergió desde el vientre de su madre e inició el viaje por esta vida supo inmediatamente que las cosas no le iban a ser fácil. Siempre listo para aventurarse en el conocimiento del mundo, su primer enredo lo tuvo al nacer: "Tenía dos circulares y media de cordón, era como un yo-yo que quería salir y no podía", recordó Silvia, su mamá. Pero el destino final de su viaje debería aguardar varias paradas más. Así fue como luego de sobrevivir a su complicado parto, "a la asfixia provocada por el tren delantero de un autito de juguete, y a una extraña picadura de hormiga que casi lo mata"- rememoró Silvia-, Maxi salió presuroso a disfrutar de la vida y a pelearla, si así fuera necesario.
En el camino todos estaban invitados a brindar por el goce. Así se fue llenando de amigos, "desde los 'chetos' que compartían sus estudios de Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador hasta el humilde barrendero del barrio con el que conversaba largamente, desde los pibes de la murga Los pecosos de Floresta o su banda de rock hasta el sheik de la mezquita o los compañeros de sipalki, era cinturón verde", evocó Silvia. Ese vertiginoso recorrido tendría un abrupto final, que llegaría después de un día de quemar gomas en las calles de su barrio el 19 de diciembre de 2001 y de brindar a la salud de la renacida rebeldía popular.
"El soñaba con ir a vivir a Egipto, enamorarse, trabajar, tener sus hijos y morir allá. Tenía cinco años y ya decía que iba a ser arqueólogo", recordó Silvia. Para cumplir parte del deseo de Maxi y previa donación de órganos antes de la cremación, su madre viajó a Egipto y esparció sus cenizas entre las pirámides, sarcófagos, y especialmente a lo largo del lecho del Nilo, el río más extenso del mundo. Lo que ella no esperaba era encontrarse con él: "El primer día entro a una de las pirámides, a la de Kefrén, y siento que Maxi me dice "mami, acá, quiero acá, quiero acá". Entonces, a escondidas, dejé parte de sus cenizas ahí. El último día, en el último templo, en Asuán, escucho el silbido de Maxi, uno muy particular que él hacía cuando llegaba a casa. Las rodillas se me aflojaron. Pasan un par de minutos y regresa el silbido de Maxi. Entonces, aparece mi amiga Bety de atrás de una columna con una palidez espectral y le pregunto, '¿lo escuchaste?'. Ella ya no podía emitir sonido, solamente me hacía que sí con la cabeza. '¿Viste?, está contento', le dije, está orgulloso de su madre, por todo lo que hice".
No es para menos. Maxi nunca hubiera imaginado a su madre organizando marchas, brincando bajo la lluvia a la par de la hinchada de All Boys, recorriendo los medios como locuaz oradora, resistiendo las amenazas telefónicas durante cuatro meses, pero mucho menos trompeando a un colectivero que se atrevió a ofender la memoria de los pibes de Floresta. No hubiera imaginado que al morir daría luz a una luchadora.
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*Maxi tenía 25 años cuando fue asesinado por un policía uniformado en el bar de una estación de servicio del barrio porteño de Floresta. Fue el 29 de diciembre de 2001. Las víctimas fatales, tres en total -porque con Maxi estaban sus amigos Cristian Gómez, hijo de Elvira Torres, otra integrante de la Asociación, y Adrián Matassa-, se encontraban sentados mirando las noticias por televisión. Juan De Dios Velaztiqui, autor de la masacre, fue condenado a cadena perpetua.

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