domingo, 3 de octubre de 2010

Perdieron a sus hijos y convirtieron el dolor en una causa por qué pelear

Oscar Castellucci, Raúl Morales, Viviam Perrone,
Augusto Lasalvia, Carlos Ecker y Juan Lizarraga
Hacen campañas informativas, crean asociaciones y se proponen modificar conductas sociales.
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FUENTE: Tiempo.elargentino.com
FECHA: domingo 3 de octubre de 2010
AUTORA: Florencia Halfon-Laksman
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Son padres de Cromañón, Beara, y chicos fallecidos en accidentes de tránsito o por la violencia de patovicas. Afirman que las muertes eran evitables. Luchan en la justicia y ante el Estado. “Buscamos que se tome conciencia”, coinciden.
Queremos hacer algo para que los jóvenes puedan salir de noche, que no corran riesgos evitables, que se diviertan”, dice Viviam Perrone, presidenta de la asociación Madres del Dolor, antes de que a su frase la complete Raúl Morales, padre de Sofía, una adolescente muerta en Cromañón, que concluye: “Y que los chicos, después de salir, puedan volver.”
Muchos de los padres y madres que perdieron a sus hijos adolescentes en hechos de tránsito, golpizas de patovicas, el incendio de Cromañón o el reciente derrumbe en el boliche Beara hicieron de su tragedia una causa para que a nadie más le toque vivir lo que ellos pasaron. Tiempo Argentino reunió a seis de ellos y coincidieron en una premisa: “Queremos hacer que la gente tome conciencia.”
Perrone recuerda el comienzo de su lucha, ocho años atrás, cuando su hijo Kevin murió atropellado en la Avenida del Libertador, en el partido de Vicente López: “Una parte mía murió con él. Pero ahí nació otra Viviam.”
Augusto Lasalvia perdió a su hija Justine en 2006, en laRuta 11 santafesina, donde un micro que la trasladaba junto a otros alumnos del colegio porteño Ecos fue embestido por un camión. Su experiencia dice: “Cada uno enfrenta la situación como puede. Pasás por momentos en los que querés tirarte abajo de un tren hasta que descubrís que existe la alegría de luchar por una causa.” Algo similar le ocurrió a Oscar Castellucci, papá de Martín –muerto por la brutal golpiza de un patovica de la disco La Casona, en Lanús–: “Primero sentís que se te cae el cielo encima. A diferencia de Viviam, yo no morí ese día pero sí nací de nuevo.”
Tras la muerte de Martín, Oscar creó una asociación civil para educar a los controladores de admisión de boliches y desde allí impulsó la sanción de la ley nacional 26.370, la provincial 13.964 y la construcción del primer Centro de Formación Profesional. Castellucci explica: “Con mi mujer nos dimos cuenta de que esto pasó por la ausencia del Estado y porque muchos no se atrevieron a denunciarlo antes. Entonces nos propusimos, quijotescamente, mover un granito de ese Estado.”
A poco de cumplirse seis años de la tragedia en el boliche Cromañón, el reclamo de los padres de las 194 personas que murieron allí no consiguió evitar que otras dos chicas perdieran la vida el pasado 10 de septiembre al derrumbarse el entrepiso de la disco Beara, en Palermo.
Juan Lizarraga es papá de Ariana, una de ellas, y su dolor todavía está en carne viva. Pero enseguida encontró un terreno donde encauzar su pena: “Hagamos que esto no vuelva a suceder. Ya sabemos que no soluciona nada que el responsable vaya preso o que destituyan al jefe de gobierno, Mauricio Macri, como lo hicieron con el ex jefe, Aníbal Ibarra”, dice. Como si viera su herida en un espejo, Raúl Morales escucha a Lizarraga y agrega: “Es más fácil decir que estamos politizados pero la realidad es que ellos se tienen que hacer cargo de su responsabilidad.”
Augusto, el papá de Justine, los mira y reflexiona: “Raúl jamás debería estar en ese lugar y Juan mucho menos.”
Un ejemplo. Después de la caída del entrepiso de Beara, el papá de Ariana se enteró de algunos detalles: “Uno de los procesados en causa nuestra, el inspector Carlos Mustapich, había ido a inspeccionar el club All Boys, donde funcionaban dos piletas de Megatlón. Coimeó, cobró y habilitó. Pero en una de las piletas se ahogó una nena. La jueza Alicia Iermini condenó al guardavidas, a los dueños y al inspector, que fue despedido del gobierno porteño. Oh, casualidad: a pesar de no poder contratar gente procesada, en 2009 el gobierno de Macri lo vuelve a tomar y es el mismo tipo que fue a inspeccionar Beara.”

PEDIDO DE JUSTICIA. De todos los presentes en el encuentro, el caso judicial de Martín Castellucci fue el único que terminó con la condena que sus padres esperaban. Pero Oscar sostiene que eso no representó un consuelo: “Es importante que la justicia te dé una reparación pero no te va a devolver a tu hijo. No significa nada que vaya preso el tipo que lo mató, sobre todo porque no se arrepintió.”
Perrone disiente: “No va a revertir las cosas pero nos puede calmar como sociedad. En un acto, la presidenta Cristina Fernández dijo que la justicia es lo único que puede servirnos como un bálsamo.” Según Lasalvia, “nadie centra su actividad en la judicialización pero que exista un resultado es más reparador que cuando no existe”.
A los padres de “la tragedia de Ecos” sus recuerdos se les revolvieron una semana atrás, cuando, a 200 kilómetros de donde fallecieron sus hijos, una combi chocó contra un camión y murieron 14 personas.
“Es un ejemplo de la desidia. ¿Cómo va a pasar eso después de todo lo que hicieron ustedes?”, dice Perrone y mira a Carlos Ecker –papá de Federico, también fallecido en el choque de Ecos– otro de los que, a partir del dolor, emprendió una cruzada. “Esto es peor –analiza Ecker– porque ya había un antecedente.” Lasalvia, su compañero, detalla: “Volvió a pasar porque Santa Fe todavía no adhirió a la Ley Nacional de Seguridad Vial. No quieren ceder poder a la Nación en el expendio de licencias pero, mientras tanto, se muere gente.” Ecker se esperanza: “Si la justicia no hace nada, nosotros vamos a concientizar al pueblo.”

EL ENTORNO. Los seis están de acuerdo en que el hecho de que tuvieran otros hijos los ayudó a juntar valor para seguir. “¿Les mostramos que el único camino es encerrarse y llorar, o funcionamos como ejemplo de que se puede avanzar?”, se preguntaba Morales unos años atrás. “Comprendimos que no hacer nada era ser cómplices de que esto pueda repetirse”, responde hoy Castellucci.
Pero la causa en la que se embarcaron no siempre cuenta con todas las adhesiones. Dice Lasalvia: “A veces nuestras familias se hartan. Es difícil para el otro bancarse esta militancia. Algunos dicen: ‘No hablemos de eso porque nos vamos a poner mal’… ¡Andá a cagar!”, se indigna.
Todos asienten y Morales da otro ejemplo: “Hay gente que nos pregunta: ‘¿Todavía estás con eso?’.” Castellucci encuentra una explicación: “Nos rechazan porque representamos lo que nadie quiere ser”, y retruca: “Más allá de que la gente se comprometa o no con nuestra causa, después de que un tipo escucha lo que tenemos para decir, ya no es el mismo. Y si no le cambia nada, lo lamento por él: ese tipo está muerto.”

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